La barra del bar

Etiquetas: Drama, Reflexiva, Realista

El bar estaba en penumbras. El silencio solo se rompía con esas graves notas de una antigua canción que él se sabía de memoria. Estaba sentado frente la barra, con la chaqueta de cuero y los guantes aún puestos. El hilo nadaba en el licor cobrizo, se derretía con lentitud, trataba de mantenerse con vida unos minutos más, se aferraba a ella como si no hubiese aceptado la muerte.

Como él.

Agarraba el vaso casi como un salvavidas que lo mantenía a flote en el infierno de la monotonía. Notaba los labios resecos, cortados. No había usado su voz en todo el día, ni siquiera para pedir su copa.

«¿Lo de siempre?» le había preguntado la camarera, una joven que necesitaba el dinero para pagarse la carrera y el piso. Lo que parecía increíble era que aún no hubiese perdido la cordura.

Él, simplemente, asintió con la cabeza mientras escuchaba los refunfuños de una persona mayor que parecía importarle poco quien le oía.

«En mis tiempos, los jóvenes de tu edad ya estábamos casados y con un hogar que pagar. Ahora lo único que hacéis es remolonear en casas de vuestros padres»

Los tiempos cambiaban y los mayores solo veían que en su época se vivía con rectitud. A días como estos, lo único que se hacía era cometer un pecado tras otro. Todos y cada uno de los jóvenes se equivocaban. «Por supuesto que sí» pensó con ironía. Sin embargo, ¿quién sería capaz de llevarle la contraria a un triste borracho?

No tenía ganas de empezar una disputa con un desconocido, aunque no tuviera razón. Ya había que luchar con la vida cada mañana como para buscar más pelea.

Aún no sabía cómo era posible que se hubiese bebido la mitad de su vaso. Por norma general, no necesitaba más que dos sorbos para acabarla y pedir la siguiente. Aquel día tenía el estómago cerrado. Y no sabía por qué. Por su cuerpo recorría una especie de electricidad, como si se estuviese anticipando a un destino horrible.

—¿Te esperan en algún lugar al que no quieres ir? —La pregunta de la camarera le pilló por sorpresa.

—No. —Su voz por poco se quebró.

—¿Ninguna pareja, ningún amante? —inquirió. Podría parecer cotilla, pero solo quería librarse del monólogo del anciano.

—Ni parejas, ni amantes. Ni amigos, ni familia.

—¿Lobo solitario? —Él asintió con una media sonrisa en el rostro—. ¿A caso no lo somos todos?

—¿Tampoco tienes a nadie? —Odiaba entablar conversación con desconocidos, pero a ella la veía casi todas las noches. Eran compañeros de barra.

—Una vez tuve a alguien, pero se acabó marchando, como siempre. —Pasó un trapo por donde el borracho había derramado un poco de su bebida—. Sé que la culpa fue mía, pero sigue doliendo igual.

—Bebo por eso —dijo mientras alzaba la copa para, acto después, darle un trago. Sabía más amargo aquella vez—. Es por eso que he dejado de intentarlo.

—Supongo que eso de las relaciones no es para nosotros.

—Supongo.

Y ahí debía morir la conversación y lo hacía, como todo en su vida. No había conseguido mantener nada a flote. Todo había acabado ahogándose. Sin embargo, la chica sirvió dos copas más y le tendió una mientras el anciano seguía refunfuñando.

—Los jóvenes de hoy en día no saben lo que es el amor. Solo buscan una cosa. No se comprometen y no aguantan ni una. Antes el amor era para toda la vida.

Quizás tuviese razón, quizás no. Antes el amor era para toda la vida, te tratara como te tratase. No había otra opción y la gente se conformaba. Era una pena. En la actualidad, se decidía con quién estar y si se quería aguantar o no. Había libertad para eso.

—Invita la casa —le dijo antes de chocar sus copas y darle un buche de esos que se sabía de antemano que no servirían de consuelo alguno.

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Nota de la autora:

Hoy os traigo un relato inacabado, uno de esos que se quedan en el cajón para siempre. Como este, tengo miles que nunca verán la luz ni un final. Sin embargo, tenía muchas ganas de compartir este en concreto. No me preguntéis por qué, simplemente, quería hacerlo.

¿Qué pensáis vosotros que puede ocurrir a continuación? ¿Qué aventura les espera a los personajes? ¿Buena? ¿Mala? Su destino queda en vuestras manos.